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24.10.08 / Publicado por GEORGE /



                                    Lady CAt,  story of an obsession



Esta es la hisoria de cómo una mujer se sometió a más de 30 cirugias para intentar reconquistar a su marido.




Ni ella misma quiere reconocer las veces que ha pasado por un quirófano. Su adicción empezó a los 30 años por amor al que entonces era su marido, heredero de una poderosa familia estadounidense. Ahora, a sus 56 años, tras un brutal divorcio, la diva de las operaciones parece haberse dado unas vacaciones quirúrgicas. Ella sola es el mejor argumento para los detractores de este tipo de intervenciones



Desde que su cara saltase a las primeras páginas de la prensa sensacionalista, a raíz de su feroz divorcio de Alec Wildenstein, Jocelyn, que cumple 57 años en septiembre, se ha transformado en la encarnación facial de la cirugía estética. En una época en que proliferan las veladas de té, pastas e inyecciones de botox entre las señoras de clase   media, su imagen es utilizada como una caricatura por los detractores del quirófano estético .



tras el divorcio, lleva una vida más tranquila y sencilla, entre su lujoso apartamento doble del rascacielos World Trump Plaza, el castillo francés y la finca keniata. No se le conocen nuevas intervenciones plásticas, y parece ser que por fin se ha decido a poner en marcha un proyecto: una línea de fragancias de inspiración animal y hasta una galería de arte, siguiendo la tradición de la familia de su ex marido. Jocelyn ha aprendido finalmente a sacar provecho de su peculiar fama, sin importarle a estas alturas las burlas de la prensa. Todas las fealdades de su vida ya habían saltado sin maquillaje alguno a la luz pública. El relato de su grotesco divorcio, en i999, fue aireado en un amplio artículo de la revista Vanity Fair, que dejaba claro que la gata de Manhattan no era simplemente una especie de atracción de feria multimillonaria. 



Su historia también podía ser la de una hermosa cenicienta víctima del bestial poder del dinero. Porque hubo una época en que Jocelyn no caminaba libre como una elegante pantera. Durante los momentos más salvajes de la pelea matrimonial se encontró como una fiera enjaulada, literalmente. Recluida en la tercera planta de la mansión familiar de Manhattan, con el acceso vetado a los salones y al exclusivísimo círculo social del que entonces era su marido. 

De safari. En el fragor de la brutal disputa, la pregunta era quién había sido el cazador y quién la pieza en aquel safari keniata de i977. La pasión entre Alec y Jocelyn surgió en lo alto de una colina, entre arbustos, a la sigilosa espera de un furtivo león. Ella tenía 3i años y era una ducha cazadora, aficionada a las piezas africanas, además de piloto de aviación. Para entonces, ya había experimentado su primer cambio. Una década de residencia en París había reconvertido a la pobre chica de provincias, hija de un tendero suizo, en una pequeña diva social, que se codeaba con la aristocracia europea, jeques árabes y hombres de negocios de dudosa reputación como Adnan Kashoggi. De hecho, lo único que Jocelyn no ha podido maquillar en su vida es su acento francés. La biografía oficial asegura que mantenía una relación de cinco años con el cineasta Sergio Gobbi cuando entabló amistad con Alec. 

Los rumores esparcidos con toda la mala intención durante el divorcio la relacionaban con el refinado burdel de madame Claude, considerada una amiga de los Wildenstein. Jocelyn siempre ha rehuido las preguntas sobre su pasado cortesano. “No responde, ¿verdad?”, decía con ironía su ex marido. 

Alec, en cambio, siempre había sido el mismo: el hijo del magnate Daniel Wildenstein, fallecido el pasado octubre a los 84 años. Jocelyn asegura que, aún después de la muerte del patriarca, ese es el único atributo de Alec. Su hermano, Guy, es el que lleva en estos momentos las riendas de Wildenstein & Company, un imperio valorado en 5.000 millones de dólares. 

Los Wildenstein forman parte de una dinastía judío-francesa de marchantes de arte y propietarios de cuadras nacida en i870. La formación de la inmensa e incalculabe fortuna está rodeada de misterio. La familia ha combatido en los tribunales las insinuaciones sobre sus negocios con los nazis durante la ocupación alemana de Francia y se ha enfrentado a la clase política gala, que la acusó de pagar sobornos para sacar piezas de arte del país. 

Además de las posesiones inmobiliarias, el clan tiene importantes galerías de arte, dos de ellas en Nueva York, y fondos pictóricos y escultóricos almacenados en cajas de seguridad suizas y hasta en un búnker antinuclear al norte de Nueva York. Alec ha confesado que ni ellos saben la riqueza artística que manejan. “Hay pinturas que ni yo he visto y que fueron compradas por mi tatarabuelo”. Durante su pelea judicial para incrementar su dote de divorcio, Jocelyn insinuó que Daniel Wildenstein tenía un Vermeer que no figura entre las 35 obras conocidas del pintor, cuyo valor podría superar los i00 millones de dólares. 

Caducidad. El refinado Daniel podía comprender la pasión de su hijo Alec por aquella hermosa pieza soprendentemente agreste para ser suiza. Pero como buen marchante sabía que hay objetos bellos que pierden valor con el tiempo. Y Jocelyn tenía la fecha de caducidad muy próxima. Pese a sus intentos por romper la alianza, la boda se celebró en Las Vegas, la belleza de imitación hecha ciudad de cartón piedra. Enseguida nacieron sus dos hijos, Diane y Alec junior, dos veinteañeros con los que Jocelyn ha logrado recuperar el contacto y el afecto perdidos tras la separación. 

Los celos ante el éxito de Alec entre las mujeres, la histeria, el recuerdo de su efímero valor o quizá la presión directa del marido fueron las causas, según quién relate la historia, de que Jocelyn iniciara a sus escasos 30 años su lenta metamorfosis facial. Comenzó por unas bolsas debajo de los ojos. Luego, con pequeños liftings faciales. “Pensaba que podía arreglar su cara como si se tratase de un mueble. La piel no es igual que la madera, le advertí. Pero no escuchaba”, relataba Alec durante el divorcio. Jocelyn le culpaba entonces de su largo periplo por los quirófanos. “Él odiaba a la gente vieja. Al principio, nunca me presionó directamente. Me decía que parecía joven. Hasta que llegó el día en que no se lo parecí”. Y ella decidió buscar su particular fórmula de la eterna juventud. 

Pese a los rumores sobre los affaires extramatrimoniales del marido, la pareja funcionaba. El gusto por el lujo y el derroche los unía, aunque no figurasen entre los rostros conocidos de la jet internacional. Vestidos de Chanel de 350.000 dólares; joyas de i0 millones de dólares. Jocelyn confesaba que su tren de vida les exigía unos gastos mensuales de un millón de dólares. Sin incluir extras como el regalo de puesta de largo para Diane: una residencia en el rancho africano de Ol Jogi. La finca keniata, con sus 55 lagos artificiales, era la joya inmobiliaria en un reino que incluía un gran apartamento en París, mansiones en Nueva York y Lausana, un castillo en Francia y una hacienda en el Caribe. 

La naturaleza de su relación matrimonial escapa a la imaginación más salvaje. “Mi marido y yo llevábamos un tipo de vida que nadie sería capaz de imaginar”, explicaba, misteriosa, en su declaración jurada durante el proceso de divorcio. A Jocelyn le sobraba tiempo y dinero para ponerse en manos de los mejores cirujanos plásticos. También le sobraban complejos. “Si algún día necesito hacerme algo más lo haré. No me voy a detener”, manifestaba hace un año. Sin embargo, se niega a contabilizar el número de intervenciones. “Ni más ni menos que otras mujeres”, se limita a explicar. 

A mediados de los 90 comenzó a dibujar los perfiles de su nuevo rostro. Según algunos, su trazos felinos son intencionados. Una especie de tributo a las fieras africanas que la habían unido a Alec. Sus ojos se fueron asemejando a los de un lince. “Un animal que tiene los ojos más bellos de toda la fauna”, reconoce Jocelyn. Entre sus múltiples mascotas exóticas ha llegado a tener uno, además de un mono y cinco galgos de sangre pura. 

Pero niega cualquier intención animal. “Si vieran las fotos de mi abuela verían estos ojos perfilados y estos mismos pómulos salientes”. La obsesión por los felinos también la trasladó a sus colecciones de joyería, diseñadas a su particular gusto por Cartier y el joyero parisino Roger Guillochon. 

Según expertos en cirugía, Jocelyn ha alterado también la pigmentación de su piel. Pero en i996, los arreglos dejaron de surtir efecto, al menos según los documentos judiciales. Ese año, la pareja ya no tuvo relaciones íntimas. “Su imagen comenzaba a ser ridícula”, decía él. “Aunque era un cincuentón, era un niño a la sombra de su padre”, le reprochaba ella. “Soy francés –decía Alec para justificar sus constantes flirteos–. Ella tenía buena salud, lo sé porque soy criador, y ha parido dos hijos. Pero salvo la salud y el amor por Africa, no teníamos nada en común”. Las hostilidades fueron creciendo hasta el verano del 97. “Estaba histérica. Los sirvientes vivían aterrorizados por sus malas maneras y su lenguaje”. Alec la fue arrinconando. Le recortó la asignación mensual de i50 a 50.000 dólares, le canceló las tarjetas de crédito y la dejó sin chófer y sin avión privado. 

Veinte años después de prometerse amor empuñando un rifle, otro arma de fuego hizo saltar el escándalo y los trapos sucios. En esta ocasión fue una Smith and Wesson semiautomática de 38 milímetros. También la empuñaba Alec. Pero en realidad era el cazador cazado. Pillado por sorpresa en los brazos de una rubia y joven gata, terminó humillado y enjaulado durante i6 horas en una celda de Manhattan. 

Posiblemente, Jocelyn urdió la exitosa trampa. En la vida de su marido se había cruzado Yelena Yarikova. Ella sabía que él iba en serio con la modelo rusa de 2i años. La había invitado a la hacienda keniata, promovía su carrera en las pasarelas y colocaba su virgen rostro en la portada de revistas como Harper’s Bazaar. Cuando Alec comenzó a adelgazar y se sometió a una liposucción, supo que su relación había expirado. 

La última cacería de Jocelyn concluyó en abril de i999, cuando el Tribunal Supremo de Nueva York estipuló el arreglo de divorcio: 200.000 dólares mensuales, el castillo parisino y la finca africana acabaron en sus manos. Además del apellido. Pero las futuras operaciones estéticas corrían de su bolsillo. 

Con el nuevo milenio, comenzó su reinvención como diva de la cirugía. Primero soltó lastre y sacó a subasta en Sotheby’s 4i piezas de joyería de temática felina, entre las que figuraban el famoso broche de Cartier con el rostro de un tigre blanco, valorado en i00.000 dólares, y un chimpancé de diamantes de i50.000 dólares. La venta no resultó tan rentable como esperaba. “Aún intento averiguar cómo hacer dinero”, ha dicho. Pero también fracasó su primera experiencia como empresaria, una línea de bufandas con dibujos de animales (entre i50 y 300 dólares la pieza) “para mujeres que no quieran ser comparadas con nadie”. Su mayor éxito ha sido como embajadora oficiosa de la cirugía estética. Entre sus recomendaciones figura la de “empezar poco a poco, con pequeños tirones” o “realizar intervenciones discretas, durante los periodos de vacaciones”. Y ante todo, “eliminar los complejos”. 

Jocelyn se ha prestado como modelo a sesiones con el fotógrafo David LaChapelle, rey de la instantánea kitsch, que ha descubierto en ella a su Linda Evangelista. “Me encanta la idea de que su marido, que es el verdadero monstruo, esté saliendo supuestamente con todas esas modelos y ahora resulta que ella se ha convertido en una”, comentaba el artista. 

Jocelyn no duda en incluir entre sus nuevas amistades al transexual Amanda Lapore, con el que rivaliza en operaciones. Su ejemplo ha debido preocupar a los jueces de Nueva York tanto que a finales de junio impusieron serias restricciones a los cirujanos. Un fallo judicial permite a su pacientes demandarles si estos no realizan exámenes psicológicos para determinar si están en su pleno juicio cuando entran en el quirófano. 

Jocelyn responde que lo verdaderamente importante es sentirse feliz. Y ella está en “éxtasis”, según Richard Coburn, uno de sus cirujanos. “Está orgullosa con sus operaciones. Se ve y se siente hermosa. Cuando se mira al espejo, adora lo que ve. Ha conseguido lo que quería en la vida”.
 




























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